martes, 10 de diciembre de 2019

MISA DIARIA (Comienzo) Fragmento de "TRES HISTORIAS UN POCO FUERTES"

            Bernardette no es muy religiosa que digamos, quizá un poco sí; podemos suponer que mantiene la religiosidad remanente de quien se cansó de curas y monjas en el internado, ya saben, esos colegios abominables en los que los padres católicos y estrictos de la alta sociedad parisina recluyen a sus hijos e hijas para protegerlos de los peligros del mundo, o para librarse de ellos una larga temporada. En cualquier caso Bernardette, arrinconada por sus padres durante la infancia en uno de esos lugares, no estuvo muy protegida durante su reclusión involuntaria; es más, en muchas ocasiones los peligros los creó ella misma entre los muros de la institución. Pero esa es otra historia.
            El caso es que Bernardette salió del internado cansada de hábitos y sotanas, comenzó la Universidad y, poco antes de terminar sus estudios de arte, mientras pasaba las vacaciones de verano en la casa familiar para asistir también a la boda de su hermana mayor, conoció a un cura que le llamó la atención. Era demasiado guapo para ser sacerdote, joven, rubio, hombros fuertes, cintura estrecha y rostro risueño. El típico cura de portada de playboy, si eso fuera posible o, al menos, el que merecería presidir la primera página del anuario vaticano de curas guapos. En resumen, el máximo ejemplo de virilidad potente, cándida y desperdiciada.
            Bernadette no pudo evitar fijarse en él durante la boda. El cura oficiante era otro, el rancio párroco de toda la vida que ya le había dado la primera comunión a toda su familia; pero éste otro era nuevo. Entro discretamente en la iglesia durante la ceremonia, portaba un grueso paquete en sus manos, rodeó a los feligreses por un lateral y se perdió tras la puerta de la sacristía. Tanta familiaridad en el recorrido sólo podía indicar que estaba destinado en esa parroquia. Al menos eso pensó la muchacha.
            Al parecer nadie reparó en el transito del joven cura, salvo nuestra protagonista que, en ese momento estaba atravesando una fase de alarmante aburrimiento ante la insoportable perorata del oficiante, mirando a un lado y otro con desesperación y, a ratos, cotilleando la indumentaria de gala de los personajes allí concentrados; actividad que cesó con la aparición del mancebo clérigo primero, y para quedarse mirando después la puerta de la sacristía durante largos minutos, por si la divina aparición volvía a salir.
            La celebración terminó sin un “puede besar a la novia”, eso sólo se dice en las películas y, además, dicha frase no parecía encajar en la mentalidad del caduco sacerdote. Simplemente les declaró marido y mujer ante los ojos de Dios y de la Iglesia y despidió a la plebe. Los felices contrayentes, junto con los padrinos y los testigos, uno de los cuales era Bernardette, siguieron al carcamal hacia la sacristía para firmar los papeles que certificaban el matrimonio. Y allí estaba él, brillante como un candelabro, sentado en un sillón de terciopelo rojo sobre el que destacaba su pantalón negro, su camisa sacerdotal bien ceñida, su alzacuellos altivo y esa escueta cabellera dorada con rizos despreocupados cayendo sobre su frente. Se levantó en cuanto entraron en la estancia y permaneció de pie sin pronunciar palabra.
            —Padre Marcel —pronunció el vejestorio—. Qué pronto ha llegado.
            —He tenido suerte, padre Rodolphe —respondió el joven cura rompiendo su silencio—. He dejado las disciplinas y los cilicios junto a la caja de cirios que está tras la mesa.
            —Muy bien gracias —añadió el jefe parroquial despidiendo a su ayudante—. Puede ir a esperar al grupo de catequesis en el baptisterio.
             “¡Oh!”, se sorprendió Bernardette en silencio. ¿Por qué se humedeció en cuanto supo que ese arcángel había tenido en sus manos instrumentos de católica tortura? ¿Por qué se entristeció al ver cómo el motivo de su excitación desaparecía para cumplir la orden del despreciable vicario? “Y se llama Marcel”, se repitió varias veces para memorizarlo.



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